Leer en el autobús

Vivo relativamente lejos de la Facultad. Y, por lo tanto, también del Hospital. Todas las mañanas, recorro en autobús la distancia que separa ambos lugares de mi casa. Ha sido así desde el primer día de primero de carrera, y así seguirá siendo mientras dure sexto. Y quién sabe, es posible que el ritual se prolongue también durante mi época como residente. Ya veremos.

La cosa es que, sumando la ida y la vuelta, de media paso algo así como 50 minutos o una hora (a veces más tiempo) diarios en el autobús. No es algo que odie, aunque tampoco me entusiasma. Es verdad que a veces pienso que, si viviera más cerca de la Facultad y del Hospital, podría apurar mi cálida y confortable cama unos minutos más cada mañana. También llegaría a almorzar un poco más temprano. Quizás, incluso ahorraría algo de dinero al no tener que recargar mi alegre bono-bus multicolor con tanta frecuencia. Pero, en algún momento, algo o alguien decidió que el Hospital y su respectiva Facultad de Medicina debían situarse en el lugar que actualmente ocupan, mientras que yo debía residir en el otro extremo de la ciudad. Es algo que acepto sin quejarme demasiado. Tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, como (casi) todo en esta vida. Incluso piensl que, tal vez, se trata de una circunstancia que puedo intentar aprovechar de algún modo.

Como tengo que levantarme antes de lo que lo haría si viviese junto a la Facultad, el tiempo extra que los demás pasan dormidos yo lo empleo en estar en el autobús. Es un tiempo que puedo usar para muchas y diversas cosas. A veces, estoy tan cansado o somnoliento que simplemente me mantengo en un estado de semi-aletargamiento hasta que llego a la parada en la que me apeo. Esto sucede especialmente durante los meses de invierno, aquellos en los que además del sueño soy víctima del frío, la oscuridad de un día que para mí comienza antes del amancer y, en ocasiones, la gélida brisa y la lluvia.

Otros días me entretengo contemplando las calles de la ciudad, según avanzo a su través. Sí, son siempre las mismas. Y lo que percibo en ellas, a través del cristal, es bastante similar cada mañana. Pero aún así es algo que me relaja. No es una actividad que requiera de un gran esfuerzo físico ni mental por mi parte. La inmensa mayoría de las veces ni siquiera me concentro en nada ni nadie concreto. Simplemente soy testigo pasivo del despertar de la ciudad, con la cabeza vacía de pensamientos y la mirada dirigida a ninguna parte.

En el autobús, me doy cuenta de que hay mucha gente que también madruga. No me entusiasma demasido madrugar, a no ser que haya descansado mucho la noche anterior y la mañana se presente hermosa y agradable. Quizás por eso siento una especie de alivio al darme cuenta de que no soy el único que se levanta y está en la calle a esas horas inhumanas. A veces incluso empatizo con el resto de madrugadores y, al percatarme de que parecen felices (o, al menos, no muy contratariados) a pedar de todo, intento iniciar mi día con un estado de ánimo de alegre y optimista. Para ello, me repito lo genial y maravillosa que es la vida, la suerte que tengo de estar viviendo todo lo que vivo y lo mucho que voy a disfrutar del día de hoy, ya sea presenciando una compleja operación en quirófano, estudiando las maravillas del cuerpo humano o pasando consulta en el acogedor Centro de Salud. Y normalmente funciona.

Durante estos 6 años de idas y venidas, he sido capaz de retener y reconocer algunos (si bien pocos) rostros que comparten un horario similar al mío. A pesar de que nunca sabré con seguridad a dónde van, o qué es lo que hacen y piensan estos mis compañeros de autobús, en ocasiones me resulta bonito imaginar algunos aspectos de su vida y el motivo por el cual coincidimos en dicho lugar. La mujer morena de las gafas y el pelo corto, seguramente se dirige a trabajar a la oficina. Ese otro chico, que es un joven estudiante de Magisterio, va a clase. Y así, con un largo etcétera de rostros y personalidades, algunas de las cuales a las que no volveré a ver nunca.

Tengo que decir que una de mis aficciones es la lectura. Me gusta leer. Pero últimamente no dispongo de todo el tiempo que me gustaría para hacerlo. Como a todos, hay libros que me encantan, y otros que me aburren considerablemente o me son indiferentes. Para gustos, los colores. En fin, la cosa está en que me cuesta sacar momentos para leer. Tengo la sensación de que los días son demasiado cortos para la gran cantidad de cosas que querría (o que pienso que debería, o que siento la obligación de) hacer. Tal vez me exijo demasiado. O quizás es que soy muy inocente y optimista y pienso que, de alguna forma u otra, magicamente conseguiré llevar todo adelante e incluso podré acostarme temprano al final del día. El caso es que leer más es una de las cosas que me gustaría hacer en la vida, pero que casi siempre termina relegada a formar parte de mi lista de cosas pendientes. Y la montaña de libros (¡taaan interesantes!) que acumulo en la estantería, con la esperanza de que algún día conseguiré sacar tiempo para todos ellos, no hace más que crecer.

Desde que empecé la carrera, he intentado encontrar alguna forma de rentabilizar el tiempo que paso en el autobús. Durante todos estos años, una de esas formas ha sido leer. ¡Zas, de repente todo cuadra! ¡Es perfecto! ¡Una franja horaria durante la cual no tengo nada que hacer, empleada en una actividad a la cual quiero dedicar más tiempo pero para la que nunca encuentro momento! Efectivamente, es una buena idea. Y por eso, es algo que he estado intentando poner en práctica durante todo este tiempo. Con diversidad de resultados.

Hay días en los que me paso todo el camino del autobús leyendo. Estos momentos se dan sobre todo cuando he dormido bien, no salgo muy cansado de las prácticas, tengo un libro que me gusta y el ambiente (tanto en general como dentro del autobús) es tranquilo y agradable. Algunos días llego incluso a desear que el viaje dure más, para no tener que guardar el libro y bajarme una vez he llegado a mi parada. Sobre todo cuando tengo que abandonar la lectura a mitad de un capítulo que me está gustando enormemente. En esos momentos, soy totalmente ajeno a lo que ocurre a mi alrededor: el tráfico de personas que suben y bajan del autobús, los acontecimientos cotidianos que tienen lugar en las calles, las conversaciones que mantienen los demás viajeros. Sin embargo, siempre despierto automáticamente del ensimismamiento cuando mi reloj interno percibe que el momento de bajar del autobús se acerca.

Otros días decido no leer. Aunque casi siempre llevo algo preparado en la mochila (¡por si surge la ocasión!), hay días en los que no me siento motivado para ello. Suelen ser aquellos en los que me levanto demasiado somnoliento, llueve o hace un calor infernal, salgo tarde de las prácticas, el autobús está abarrotado y/o se respira un ambiente de agobio y cansancio (por ejemplo, cuando me toca un autobús pequeño en plena hora punta). En esos momentos, sólo tengo ganas de encontrar un sitio para sentarme, descansar, relajarme, olvidar la tensión del día y llegar lo antes posible a casa. Cuando coincido con compañeros o conocidos en el autobús, suele iniciarse alguna conversación que suele durar todo el trayecto (o, más bien, hasta que ellos llegan a su parada), por lo que muchas veces termino sin sacar el libro.

No lo tengo del todo claro, pero creo que suelo leer más en el trayecto de ida que en el de vuelta. Supongo que porque el regreso me pilla más cansado, con ganas de quedarme mirando a través de la ventana y poco más, inmerso en pensamientos banales que suelo olvidar rápidamente cuando vuelvo a la realidad.

Esto es todo lo que quería contaros hoy, leucoblastos. Sé que no es un tema para nada médico pero, como ya indica el título del blog, a veces me gusta divagar sobre otras cosas.

Seguiré disfrutando de los pequeños momentos que la lectura me proporciona, mientras el autobús plasmático en el que me encuentro continúa su recorrido por la sangre de nuestras vidas.

libro navegar

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2 comentarios sobre “Leer en el autobús

  1. Esa última frase. Ese autobús plasmático. Me encanta el concepto, me maravilla la metáfora.

    No es medicina, pero es la vida de un estudiante de medicina. Estoy seguro de que, como yo, mucha gente se sentirá identificada en alguna parte de tu relato. Yo también solía viajar en bus/metro/tranvía (solos o en combinaciones jeje) en mi primer curso. Yo también aprendí a (intentar) aprovechar el tiempo, bien fuese con libros, o subrayando algún apunte. O observando a los demás, al mundo que te rodea; eso también es aprendizaje. 🙂

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    1. Me alegro mucho de que te haya gustado la entrada 🙂 Como bien dices, me gusta que el blog tenga tanto contenido «académico» como «personal», que sea reflejo no sólo de conocimientos sino también de experiencias (tanto de aquellas más extraordinarias, como de las del día a día).
      Qué bien que te hayas sentido identificado con alguna parte de la entrada. El autobús lleva siendo parte de mi vida desde que empecer la facultad, de modo que me hacía ilusión dedicar una entrada a este lugar en el que he pasado tanto tiempo, a veces desperezándome para afrontar el día y a veces como lugar de relajación improvisado al final del mismo (¡quién iba a imaginar la de cosas que se pueden vivir en un espacio tan corriente como un simple autobús urbano!).

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