Quiérete

Yo no soy un número. A mí no me define un percentil. El valor de una persona no se calcula sobre 225.

Cinco horas de convivencia no son suficientes para que una hoja de papel autocopiativo hable por mí en el juicio de la vida. Los borrones, los aciertos y errores que cometa una tarde de sábado pueden ser reflejo, pero no testigos, de mi esfuerzo. No han saltado de alegría ni se han partido de angustia semana tras semana junto a mí. Únicamente me acompañan en la meta.

Las personas que consiguen un buen resultado tienen mérito. Mucho. No hay escaleras mecánicas en la montaña de la vida. Es algo admirable. Pero también tiene mérito aquel que lo intentó con todo lo que tenía y resbaló en el camino.

Mi vida es más rica que lo que un número pueda decir de mí. Esa cifra deja ver una parte muy sesgada de lo que soy y de lo que siento. Es una calificación que no se debe extrapolar a ámbitos distintos de aquel para el que fue concebida. Señala lo que señala, y nada más. No me etiquetes como persona, como éxito o fracaso, en función de ella. Gracias.

Mi número de orden sabrá lo que fallé una tarde de sábado. Sabrá lo que he marcado correctamente, ya sea por conocimiento, azar o intuición; sabrá qué opción cambié en un momento de inseguridad y qué es aquello que no me atreví a contestar por temor a perder lo ganado. Pero mi número de orden no sabrá si he sido insoportable de lunes a viernes. No sabrá si he recibido con una sonrisa y un pensamiento optimista las buenas o las malas noticias. Tampoco te dirá si presto apoyo y consuelo a quien veo que lo necesita, si ofrezco mi mano para ayudarte a salir del lodo o si aprovecho tu debilidad para terminar de hundirte en la miseria. Ni siquiera podrá decirte si el que ha estado hundido todo este tiempo he sido yo. Mi número de orden no sabrá si juzgo a los demás por su esfuerzo, resultado, ambos o ninguno. No le preguntes a mi número de orden con qué actitud me enfrento por la mañana al trabajo de cada día, cuánto amo lo que hago o cómo de empinado ha sido mi camino, porque no sabrá qué responderte. Un número es eso, un número. Te ordena en horizontal, pero nunca en vertical. Y no te hace valer más o menos que nadie.

No puedes controlar todo lo que te sucede. Habrá golpes duros y lágrimas de felicidad en el camino. Lo único que puedes hacer es elegir cómo quieres tomarte cada día de los que te esperan. Sonríe. Descansa. Alégrate. Desconecta. Estudia. Llora si lo necesitas. Levántate. Pisa fuerte. Escúchate. Disfruta lo que haces. Date algún capricho. Lucha por lo que te has propuesto. Pero, sobre todo, quiérete. Quiérete mucho. No te conviertas en tu peor enemigo.

No escribo esto con la intención de que te olvides de los resultados o de la importancia que pueda tener el MIR en nuestras vidas. Todo lo contrario. Levántate cada mañana y dalo todo. Escribo esto para que seas consciente de que eres mucho más de lo que un simulacro pueda hacerte pensar que eres. No te machaques por lo que puedas considerar un mal resultado. Acéptalo y cambia lo que haya que cambiar para que la próxima vez todo vaya mejor. El MIR es un paso importante en nuestra vida. Sí que lo es. Los simulacros también lo son. Pero también hay que saber mirar más allá. Lo estás haciendo bien. Ya llegará tu recompensa.

Tu felicidad no tiene por qué depender, exclusivamente, del resultado de un examen. Y no hay preguntas de reserva en el examen de la vida. Así que arriésgate a vivir.

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3 comentarios sobre “Quiérete

  1. No dejes que la rueda de la vida se llene de etiquetas. Usalas, rómpelas, tíralas, aprovéchalas. Y disfruta. Ante todo.
    Es un texto maravilloso, Leucocito. Muy inspirador. Agridulce, con sentimiento y que transmite tanto… Me aseguraré de tenerlo guardado a buen recaudo, para leerlo en momentos de necesidad, si es que hay momento en el que no sea adecuado leerlo. Ya lo he leido dos veces. Estoy seguro de que quedan muchas por delante.
    Gracias por compartirlo.

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